I
¡Miserable de mí!, que en mar airado
derrotado el bajel de mi contento
la libertad perdí, y aprisionado
hoy sirvo de ejemplar al escarmiento:
"Mi vida pereció" pues sepultado
de anticipada muerte el horror siento:
siendo esta cárcel para penas mías
tumba abreviada de mis tristes días.
II
¡Qué confusión!, ¡qué horror!, ¡qué obscuro centro
de esta mansión funesta y espantosa!
paréceme, ¡ay de mí!, que ya estoy dentro
de la eternal estancia cavernosa:
aquí doy con el susto, y allí encuentro
las hijas de la noche pavorosa:
y entre espectros horribles del averno
"me circundan dolores del infierno".
III
¿A quién, pues, volveré mis tristes ojos
para hallar de mis males el consuelo,
cuando solo, entre horríficos despojos
sombras mustias registra su desvelo?
¡Ah!, ¡mortales!... ¡mortales!, los enojos
ayúdame a sufrir del alto cielo:
"No os mostréis a mis quejas enemigos,
siquiera los que fuísteis mis amigos".
IV
No porque ahora me veis cual Prometeo
atado sin tener acción alguna
me abandonéis, ingratos, al Leteo
con sobrado rigor, piedad ninguna:
que si os viéreis tal vez como me veo
y mudare semblante la fortuna,
"me llamaréis acaso, y yo propicio
responderé a la voz con beneficio".
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