Un tiempo creí que mi padre era el poder.
Cuánto le odiaba mi corazón de niño
por el pan, por la casa, por su paciencia,
por sus amantes,
por el odio revuelto de lujuria
que le dividía de mi madre;
pero sobre todo, cómo le odiaba
por su certidumbre, por el peso
de cada su palabra, por el gusto
definitivo de su mano robusta, por el desprecio
de su sonrisa difícil.
A veces, yo corriendo, él en bicicleta,
lo miraba alejarse, pie izquierdo, pie derecho,
triunfando sobre el empedrado,
en perfecto equilibrio
de intenciones y fines
y yo quedaba cierto de que él era el poder.
(...)
Hoy, mi padre tiene ochenta y cinco años y
casi ciego va por entre los muebles, las manos
por delante,
arrastrando los pies con pasitos de títere,
los pantalones -los mismos de hace treinta años-
flojos, como de pulchinela, en torno
a las zancas raquíticas, y
ya no más seguro, ni vencedor, antes bien
temeroso de la muerte que le hará tropezar
en un palo de escoba,
cuando voy a encontrarle ahora dice ¡hijo,
qué bueno que llegaste, anoche soñé que vendrías!
y me explora la cara con sus dedos de guante.
Y yo me conmuevo porque
ya estoy en la edad que tenía
en ese entonces, y porque
hace ya mucho tiempo le perdoné
como espero que un día me perdonen mis hijos
cuando ellos descubran, a su vez, que no soy
que no he sido,
el poder.
1 comentario:
me recuerda tanto a mi padre esas líneas que puso ud, que me arrancaron una lagrimas, el tiempo jamas perdona, y cuando uno llegue a viejo espero poder darme cuenta que viví feliz y que pude hacer feliz a las personas que me rodean.
por eso hay que saber distribuir ese poder que nos da la juventud y madurez. Aunque a veces el poder nos venza a nosotros mismos.
Miguel Angel
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