Parvo libro, sin mí -y no te envidio- irás a la urbe,
pues ir, ¡ay de mí!, a tu señor no es lícito.
Ve, mas inculto como es bueno que libro esté de exiliado,
lleva, infeliz, el hábito de este tiempo.
Ni con su tinte de púrpura los jacintos te velen,
-el color aquél no es conveniente a lutos.
Ni con el título con nimio, ni el pliego con cedro se marque,
ni cándidos cuernos lleves en frente negra.
Tales instrumentos adornen los felices libritos;
es provechoso que mi fortuna tú recuerdes.
Ni con la pómez frágil se pulan las frentes gemelas,
porque hirsuto parezcas con esparcidas crines.
Ni te avergüences de manchas; quien las haya mirado
sentirá que de mis lágrimas fueron hechas.
Ve, libro, y, por mí, los sitios gratos saluda:
con pie permitido los tocaré, por cierto.
Si alguien allá, como se usa en el pueblo, de mí no se olvida,
si alguien hubiese que tal vez pregunte qué hago,
le dirás que yo vivo; no obstante, has de negar que esté salvo;
esto también: que tengo un don del dios: que vivo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario