viernes, 10 de diciembre de 2010

Del libro "Palinuro de México" de Fernando del Paso (fragmentos)


Pura, inocente, impávida, como si nada hubiera pasado entre nosotros, como si nunca hubiéramos hecho tantas cosas que habrían obligado a los abuelos a dar de vueltas en sus tumbas de haberlo sabido, y que de verdad les hizo dar cincuenta y dos vueltas al año pero no en la tumba, sino en la pared, cuando Estefanía, un sábado, volteó sus fotografías para que de allí en adelante nunca más nos vieran hacer el amor los fines de semana: así era mi prima.

Y bella también, y angelical, y pálida.

Y por si fuera poco o nada. Por si fueran poco sus grandes ojos, inmensamente abiertos como si estuvieran asombrados siempre de su propia belleza.

Como si fueran nada sus mejillas enteramente ruborizadas por la vergüenza de traer, desde niñas, una calavera adentro.

Nada sus dos manos, nacidas para acariciarme.

Y poco sus cinco sentidos, sus veinte años, sus treinta y tres vértebras, sus cien mil cabellos, su millón de células o su trillón de átomos.

O en una palabra, su cuerpo.

Ese cuerpo que tanto amé y conocí, que hoy podría esculpirlo, de memoria y con la lengua, en un bloque de sal. (...)

Y además límpida y casta, inmaculada, como una promesa de papel arroz, irreprochable como un remolino de lechuzas blancas.

Y callada también, lejana y clara, como si la hubieran enterrado viva en un prisma de niebla. (...)

Y sobre todo como si nada hubiera pasado, como si no hubiéramos hecho el amor, como si no nos conociéramos, como si yo fuera un pobre mortal descastado y paria, un esclavo, un guiñapo, una mitad de hombre y ella, mi prima, una diosa. Y más que nada, impecable, inimitable y sin tacha, como el Dios de San Anselmo, de Leibniz y de Spinoza, como el Dios de Escoto Erigena al que valía más amar que conocer, como una criatura que reunía, entre sus cualidades esenciales, la de una existencia necesaria y perfecta. (...)

Así que por eso también, y a lo largo de toda la descripción de Estefanía, se cansarán ustedes -yo jamás me cansaré- de oír hablar del mismo número de brazos, pechos, clítoris y vientres que tuvo Estefanía, con los mismos nombres que tuvieron siempre: el pelo pelo, las costillas costillas y los labios, alados incontaminados y dulces flotando entre los cirros blancos de las nubes, labios. Porque si bien yo me encerré alguna vez dentro de un año entre dos febreros locos y besé el pezón húmedo de su olvido derecho y me reflejé en sus triunfos azules, eso fue posible gracias a que esa única vez sus pechos se llamaron olvidos, sus muslos febreros y sus ojos triunfos. Por lo demás, los nombres que yo les di a las distintas partes de su cuerpo cambiaron muchas veces; tantas, que casi nunca me acuerdo, por ejemplo, del verdadero nombre de su sexo. Y como además ellos mismos intercambiaban sus nombres viejos y nuevos, quién sabe, quién va a saber, señores, si en realidad no acordarme de él sea un triunfo, o recordarlo sea un olvido: el caso es, en fin, que el nombre de su sexo, entre paréntesis, siempre lo tuve en la punta de la lengua. (...)

Aparte, claro, que su perfección nunca tuvo nada que ver con lo que ella fue de verdad, en este mundo, en esta Plaza de Santo Domingo y en nuestro cuarto, porque vista de cerca y contemplándola a la luz de su muerte y de su voluntad, sentada junto a la ventana y en las piernas una historia de los Navegantes Ilustres con las páginas abiertas al viento, hinchadas y blancas como las velas de un barco, Estefanía estaba llena de imperfecciones:

A veces bizqueaba un poco y tenía pie de atleta.

Nunca terminaba de leer un poema.

Los lunes amanecía con mal aliento.

Y los domingos, como Visnú en el océano del caos, como la mujer del poema de Anacreonte, acababa hinchada y con los ojos pegoteados de legañas, por culpa de mi lujuria.

Por si fuera poco, tengo que confesarles que mi prima, también, estaba llena de asimetrías deslumbrantes y mágicas. Y no hablemos de las que son comunes a todos los mortales:

El rosado bronquio derecho más corto, más ancho y más vertical que el bronquio izquierdo.

En tanto que el azul claro riñón izquierdo más largo y más estrecho.

Y la translúcida y tibia ateria renal derecha más larga que la izquierda.

En tanto, también, que el esponjoso y aireado pulmón derecho más grande que el izquierdo pero al mismo tiempo dos o tres centímetros más corto.

Esto no es nada.

Y tampoco otras pequeñas imperfecciones que todos tenemos: una pantorrilla más abultada, una pierna ligerísimamente más corta o un párpado apenas más levantado. No. Lo peor es que las asimetrías de mi prima se desbordaban de su cuerpo para abarcarlo todo, porque sus días nunca eran iguales: tenía jueves malos y jueves buenos; días como los de Apollinaire, que estaban viudos, y viernes sangrantes y lentos de cortejos. Tenía septiembres que reventaban de talismanes espejeantes, y septiembres lluviosos y horribles. Tenía, a veces, una mirada más inteligente que la misma mirada cinco minutos antes.

Tenía sueño, y frío, y gripas.

Y tenía una oreja más perfumada, una mano más cariñosa, un brazo más ingrato y un clítoris más dulce.

Por último, de sus dos muslos uno siempre estaba más caliente y ensalivado.

De sus dos pezones, el otro siempre estaba más redondo y duro.

Y de sus dos nalgas, las dos estaban siempre más frías.

Y sin embargo mi prima, mi admirable y pulcra y celestial prima, era perfecta; perfecta por ser un ángel sin ningún principio de limitación que no fuera su sustancia simple; perfecta por ser sus ideas -sus ideas largas y brillantes que se dejó crecer al par que sus cabellos rubios-, iguales a su esencia divina, y perfecta por ser la única, la primera, la última representante de la especie de los Estefánidos, y sobre todo por ser la representante más fina y clara, la más delicada y álfica.


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dibujo de maitena

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